Además de la innegable belleza de las rocas ornamentales —cada fachada podría formar parte de la sala de un museo—, estas nos permiten contemplar una historia preservada durante más de 55 millones de años, mucho más allá del alcance de nuestra breve memoria histórica.
Es posible que nos hayamos casado en la iglesia de San Juan, que toda nuestra infancia transcurriera jugando al rescate frente a la portada de San Ildefonso o que el edificio de la Diputación pase inadvertido después de recorrer la Rúa de arriba abajo, día tras día. Sin embargo, aún podemos descubrir nuevos detalles si activamos el ojo del geólogo: huellas de gusanos del Paleógeno (hace aproximadamente 55 millones de años) conservadas en la arenisca del edificio de la Diputación; estructuras sedimentarias fluviales, como la estratificación cruzada y la laminación; o ritmos detríticos originados por la acción de los antiguos ríos que recorrían la Cuenca del Duero.








